Encontrar un objeto de segunda mano que nos gusta es una alegría, sea un mueble, una lámpara o un cuenco. Sin embargo, conviene no llevarlo directamente a su sitio definitivo en casa. Un examen tranquilo evita sorpresas desagradables, como malos olores, piezas sueltas o defectos ocultos. Un poco de atención ahorra problemas más adelante.
Colócalo en un lugar bien iluminado y míralo por todos lados. Fíjate en las esquinas, las juntas, la parte inferior y la trasera, que es donde suelen esconderse los daños. Busca grietas, manchas, roturas y señales de humedad. Si es un mueble, muévelo un poco para comprobar que está firme y no cojea.
Olores, superficies y funcionamiento
Huele el objeto de cerca. Un olor fuerte a humedad, a tabaco o a cerrado puede costar mucho de quitar, sobre todo en la madera y en las telas. Abre los cajones y las puertas para ver el interior. Comprueba que las bisagras, los cierres y las ruedas funcionan sin atascarse.
Antes de usar el objeto, límpialo a fondo con agua y jabón o con un paño húmedo, según el material. Así puedes ver mejor su estado real y quitar el polvo y la suciedad acumulados. Deja que se seque del todo, al aire y lejos del sol fuerte. Con el objeto limpio, decide qué arreglos necesita y si te ves capaz de hacerlos.
Si el objeto tiene piezas eléctricas, como un cable o un enchufe, hazlo revisar antes de conectarlo. Un cable pelado o un enchufe dañado no deben usarse bajo ningún concepto. Lo mismo vale para los juguetes con pilas oxidadas o los aparatos que huelen a quemado. En estos casos es mejor renunciar al objeto que asumir un riesgo.
Cuando el objeto haya superado la revisión, dale un sitio pensado y no lo dejes en cualquier esquina. Ponlo donde vaya a usarse o a verse a menudo, y comprueba durante unos días si encaja de verdad. Si no acaba de convencerte, puedes cambiarlo de lugar o regalarlo a otra persona. Un hallazgo bien revisado es un placer duradero y no genera arrepentimientos ni residuos innecesarios.