Con el paso del tiempo, los alféizares y los estantes se llenan de objetos que nadie mira ni usa. Son figuritas, tarjetas, botes vacíos, papeles y recuerdos que se quedaron ahí sin un motivo claro. Todo eso acumula polvo y da sensación de desorden, aunque el resto de la casa esté limpio. Un repaso tranquilo devuelve espacio y luz a cada rincón.
Empieza por una sola superficie, en lugar de intentar limpiar toda la casa de golpe. Coge una caja o una bandeja y retira todos los objetos, dejando el estante completamente vacío. Pasa un paño húmedo por la superficie y sécala bien. Verás lo que hay en ese espacio con ojos nuevos.
Decidir qué vuelve y qué se marcha
Toma cada objeto en la mano y pregúntate si lo miras con gusto o si te sirve para algo. Si la respuesta es sí, tiene derecho a volver a su sitio, ya limpio. Si no lo recuerdas o solo estorba, es momento de despedirse de él. Piensa con sinceridad, porque un objeto guardado solo por costumbre no aporta nada.
Separa lo que se va en tres grupos: regalar, arreglar y desechar. Los libros, las plantas o los adornos en buen estado pueden interesar a un vecino o a un amigo. Un marco roto o una figura de cerámica despegada quizá tengan arreglo con un poco de pegamento. Deja para el final lo que de verdad no tenga otro uso.
Cuando vuelvas a colocar los objetos, no llenes el estante hasta el borde. Deja huecos entre unos y otros, para que cada cosa se vea y sea fácil de limpiar. Agrupa los objetos parecidos, como los libros por un lado y los recuerdos por otro. Un espacio con aire resulta más agradable y se ensucia menos.
Después de un buen repaso, quizá descubras que muchas cosas no te hacían falta. Dejarlas ir con calma, regalándolas o reutilizándolas, evita llenar la basura de objetos que aún tienen vida. Repite esta revisión de vez en cuando, en una estantería distinta cada vez. Así el orden se mantiene sin grandes esfuerzos y los objetos que quedan se aprecian más.